Desde cualquier lugar por donde se llegue, Altea sorprende. La villa blanca, la mejor conservada ciudad turística del litoral alicantino y pueblo de artistas, es una deliciosa localidad mediterránea.
Con asentamientos ibérico y romano, Altea fue amurallada tras la expulsión de los moriscos, participó en la Guerra de Sucesión por el desembarco que realizó desde su ensenada la fuerza de la escuadra del archiduque Carlos de Austria para permitir al general Baset tomar Denia y llegar a Valencia; y en el siglo XVIII destacó por su flota pesquera y por la producción y exportación de carbón vegetal extraído desde la Sierra de Bernia.
Enclavada en la bahía que envuelven la punta del Albir por el sur y el morro de Toix por el norte, cuenta con algo más de 13.000 habitantes censados y su casco antiguo lo completa la iglesia, con su azul cúpula de tejas vidriadas blancas rematando el pueblo, sobre una plaza rodeada de restaurantes y bares con privilegiadas vistas sobre la bahía. Por calles adoquinadas, de las que surgen diversas glorietas y miradores, se asciende a ella y se comprende entonces por qué Altea concita la atracción de pintores, escultores, músicos y escritores de medio mundo, que consideran que la luz de la zona es única, y que la belleza y el sosiego del pueblo les ayuda en su contemplación.
En la avenida del Rey Jaime I, la animación de sus tiendas, de los grandes restaurantes y de la promesa del mar, al otro lado de los edificios, ofrece un agradable contraste: el del más envidiable de los destinos turísticos que combinan sosiego y bullicio, aunque con predominio del primero.
En el mar, Altea ofrece seis kilómetros de costa apta para el baño, en una sucesión de acantilados y playas de cantos rodados. En el centro, la playa de la Roda; al sur, la del Cap Blanch, que se une con la del Albir; en el norte, la del Cap Negret, de gravilla, que termina en la pequeña cala de piedra negra del Soio. Y también al norte, la de la Olla, que preside el islote al que llegar nadando es una fácil tentación. Y siguiendo al norte, sube la Sierra de Bernia y la punta del Mascarat, donde hay calas de gravilla como La Barreta, La Solsida o La Galera.
Desde la Olla de Altea se asciende por la carretera que corona la punta del Mascarat, donde las cristalinas aguas invitan al buceo y asoman los primeros acantilados que a partir de ahora se harán habituales en la costa norte alicantina. Siguiendo por la carretera se abre, entre las sierras de Bernia y Toix, la profunda garganta del Mascarat, que es el resultado de una gran falla norte-sur.
La vegetación del cauce muestra profusión de adelfas de varios colores, de tamarit y de mirto. El desfiladero aparece bajo sus puentes como un cortado de vértigo, entre paredes de considerable altura. Su aspecto sobrecogedor lo ha hecho protagonista de numerosas leyendas. El conjunto del paraje, de 250 hectáreas, constituye uno de los más bellos espacios de la provincia de Alicante.
Continuando la ruta, se rodea el Morro de Toix, que cierra por el noroeste la bahía de Altea, abriendo la ensenada de Calpe, y que se interna en el mar casi un kilómetro. Desde el Mascarat, la vista es impresionante: paredes verticales desplomándose sobre el mar en una zona ideal para submarinistas. En ella se encuentra la cueva dels Coloms, de agua dulce.
En el norte de la Costa Blanca hay numerosos ríos subterráneos que desembocan bajo el mar, provenientes de la meseta central o de la filtración de las lluvias en los montes cercanos. Los encontramos en los cabos de San Antonio, de la Nao y en el Mascarat, en el mismo Peñón de Ifach, en Sierra Helada de Benidorm y en otros puntos.